Hay grandes proyectos que se definen por aquello en lo que pueden llegar a convertirse.
Creo fielmente que Tierra de Fe Viva pertenece a esa categoría por el momento histórico en el que nace.
Presentado por el Ministerio de Turismo de El Salvador en la primera quincena de julio, la iniciativa busca impulsar el turismo religioso y poner en valor el patrimonio histórico del país. Sin embargo, tengo la impresión de que estamos ante algo mucho más profundo.
Porque el verdadero interés de Tierra de Fe Viva no reside únicamente en las iglesias que puedan visitarse o en las futuras rutas que puedan diseñarse.
Ningún país puede compartir con el mundo aquello que antes no ha conseguido recuperar para sí mismo.
Si El Salvador decide explicar su patrimonio al mundo, es porque ha conseguido recuperarlo para sí mismo.
A estas alturas, el país es conocido internacionalmente, por una realidad donde la violencia ocupó todo el espacio, dejando en el olvido por décadas su patrimonio, su cultura, su historia o la extraordinaria riqueza humana de su pueblo, sin embargo comienza a caminar en una etapa diferente.
Y en la dimensión de su transformación y evolución, también están preparados para compartir con el mundo, su cultura y tradición.

Quizá por eso, es que este proyecto me resulta especialmente significativo.
Cuando en mayo presenté mi libro Crónicas de El Salvador. El país que se atrevió a renacer y tuve la oportunidad de recorrer el Centro Histórico de San Salvador, constaté que son dueños de un patrimonio que siempre estuvo ahí, pero que durante demasiado tiempo quedó eclipsado y en muchos casos, abandonado por otras urgencias que hoy todos conocemos, sobrevivir.
Durante los años que yo viví allí, jamás pude visitar el centro de la capital. La primera vez que pude hacerlo fue en junio de 2025, es decir, 30 años después de haber llegado al país para instalarme. Y transcurrido un año, es decir, mayo del 2026, la recuperación, rehabilitación y reconstrucción de inmuebles, tanto religiosos como laicos, es asombrosa.
Pude comprobar cómo la cultura y el arte, que nunca fueron prioridad, hoy son un atractivo que se disfruta y potencia a través de: visitas guiadas, exposiciones, artesanía, teatro… un nuevo modo de vivir El Salvador.
Comprendí que no solo estaban restaurando edificios. Estaban recuperando la posibilidad de sentirse orgullosos de ellos y disfrutarlos.
Pero volviendo a Tierra de Fe Viva, el patrimonio religioso salvadoreño quiere y desea formar parte de una de las experiencias culturales que puedan vivirse al visitar el país.
Por supuesto, el patrimonio religioso salvadoreño no pretende competir con Europa, o países como México o Perú, referentes mundiales del turismo religioso, ni por el número de catedrales, monasterios o siglos de historia.
Pero sí conoce su potencial y por ello, aspira a la excelencia para formar parte de aquellas rutas o destinos donde la fe constituye una tradición consolidada, algo que me parece un objetivo plenamente realista.
Y es que hay algo que únicamente El Salvador puede ofrecer. Un patrimonio religioso salvadoreño de elementos de enorme valor.
La Catedral Metropolitana de San Salvador, donde descansan los restos de San Óscar Arnulfo Romero.
Iglesia El Calvario.
La Basílica del Sagrado Corazón.
La Catedral de Santa Ana.
Las iglesias coloniales que aún conservan buena parte de la memoria histórica del país.
La Iglesia El Rosario, considerada una de las obras más singulares de la arquitectura religiosa contemporánea de América Latina, donde la luz atraviesa sus vitrales de colores creando una atmósfera difícil de olvidar.
Las procesiones, sus tradiciones, las fiestas patronales y una religiosidad popular profundamente arraigada.
Pero, en concreto, como ya he nombrado; la figura de proyección universal como San Óscar Arnulfo Romero. Cuya vida y cuyo legado trascienden las fronteras salvadoreñas y convierten al país en un lugar de referencia para miles de creyentes, investigadores y visitantes de todo el mundo.
Todo este patrimonio, sobre el que no me extiendo, por sí solo no explica realmente, el verdadero potencial del proyecto. Veamos a lo que me refiero.
El Salvador renace y se reconstruye
Hoy, son tiempos en la que los viajeros ya no buscamos únicamente visitar lugares, deseamos comprenderlos.
Saber qué ocurrió allí, por qué razón sucedió y por qué ese lugar es importante. Lo que representa para quienes viven en él y, qué historia explica.
En otras palabras, buscamos experiencias capaces de emocionar, y ahí aparece, en mi opinión, el gran diferenciador de Tierra de Fe Viva.

Porque no solo es mostrar iglesias o rutas, sino explicar a lo que han sobrevivido. Cómo era el país, qué superó y qué significó para una población profundamente vinculada a su fe mantenerse firme en ella.
Son los ciudadanos salvadoreños quienes le dan significado.
Durante los últimos años, oriento mi trabajo a construir puentes de comprensión procurando una comunicación intercultural entre Europa y El Salvador. Por ello, estoy convencida, y doy testimonio, de que el conocimiento constituye la base del respeto, del diálogo, la cooperación y el acompañamiento a su futuro.
Cuando un visitante comprende un país, el viaje deja de ser una visita para convertirse en una experiencia que permanece en la memoria.
Y El Salvador es un país que termina seduciendo, fascinando e, irremediablemente, sorprendiendo por ser la prueba viva de la superación.
Sobre mis consideraciones
Existe además un aspecto que, personalmente, considero especialmente significativo.
El turismo religioso requiere tranquilidad, requiere seguridad, espacios donde caminar, contemplar, conversar, detenerse y deleitarse.
En cierto modo, Tierra de Fe Viva refleja, sin duda alguna, hasta qué punto El Salvador ha entrado en una nueva etapa imparable.
En esta etapa de descubrimiento de país, el turismo, sea el surf, el senderismo, los lagos, los volcanes… ofrecen cultura e identidad.
Y esto quizá sea la mejor prueba de su transformación profunda: cuando como sociedad se deja de hablar únicamente de seguridad para empezar a hablar de; patrimonio, futuro, cultura.. y, además, muestran como lo disfrutan deseando compartirlo con el mundo entero.
Dejaron de ser un país invisible, para ponerse en primera fila.
¡Qué extraordinaria evolución!
Una nueva imagen internacional
En mi opinión, uno de los mayores valores de Tierra de Fe Viva consiste en ofrecer al mundo un El Salvador tan seguro y orgulloso de sus logros que tiene la capacidad de emocionar.
Mientras en Europa los caminos de fe nacieron hace siglos alrededor de monasterios, catedrales y peregrinaciones, El Salvador tiene hoy la oportunidad de mostrar su relato de superación que esta profundamente vinculado a la fe. Forma parte de su propia identidad y se cruza con la memoria, la reconciliación y el renacimiento del país.
No quieren parecerse ni competir con otros grandes destinos religiosos.
Ofrecen contar una historia que solo El Salvador puede contar: pasaron de ser sometidos por la violencia, por estructuras criminales, conservando como pudieron su fe y su patrimonio. Su cultura, tradiciones y, en muchos casos precisamente en esa fe, la fuerza para seguir adelante.
Quizá el mayor patrimonio que hoy puede ofrecer El Salvador no sean únicamente sus iglesias. Sino demostrar que un pueblo puede recuperar también su memoria, su identidad y su esperanza.
Y cuando eso ocurre, el turismo deja de consistir en visitar un lugar. Se convierte en la oportunidad de comprender la historia de un país que decidió volver a creer en sí mismo.