Cuando la transformación empieza a convertirse en cultura. Centro Historico de San Salvador

Belen de Leon

05/06/2026

Belén de León es cronista y editora de SV360. Vinculada a El Salvador desde la posguerra, observa y analiza los cambios que están redefiniendo el país para ayudar a comprenderlos desde Europa.

Hay cambios que pueden fotografiarse en el Centro Histórico de El Salvador, una biblioteca nueva, un teatro restaurado, una plaza llena de visitantes.

Y luego están los cambios más difíciles de captar y que descubrí durante mi visita a El Salvador en mayo, hoy justo un mes. Tuve la oportunidad de recorrer el Centro Histórico de San Salvador de un modo muy particular. Me explico; recorrí un espacio público que ha sido devuelto a las familias, jóvenes, adultos, visitantes de otras ciudades del país, es decir, al salvadoreño de bien, entre turistas fascinados por pasear por el que apenas hace cuatro años era el país más peligroso del mundo y al que jamás se hubieran planteado viajar.

Para entender esto, les explico que el Centro Histórico de San Salvador fue un lugar, hace apenas cuatro años, al que se acudía por necesidad, no por placer, porque estaba secuestrado por la violencia y el peligro constante. Era zona no-go como decimos en Europa. El deterioro urbano, el abandono institucional y la inseguridad lo habían convertido territorio de máxima violencia. Al caer el sol todo cerraba, las calles quedaban desiertas y la oscuridad —literalmente, no había iluminación— lo convertía en un lugar del que todos querían marcharse cuanto antes.

Hoy todo el mundo se impresiona por la transformacion. Lo que todos evitaban es actualmente uno de los lugares más concurridos de la capital.

No es para menos, su imponente Biblioteca Nacional, el maravilloso Palacio Nacional, bellísimo Teatro Nacional, la emotiva Catedral Metropolitana de San Salvador, la restaurada Iglesia del Calvario, los nuevos hoteles que empiezan a brillar en el corazón de San Salvador.

Además de todo ello, hubo algo que me llamó poderosamente la atención, ya lo vi el año pasado, pero en esta ocasión se hizo mucho mas latente, algo mucho más difícil de fotografiar si no has conocido el país y a su gente antes.

El cambio de actitud de la gente, como pasean y disfrutan, con esa seguridad de quien se sabe que la conquistó, que se nota en la mirada y actitud, reflejando que ese espacio es de ellos y lo disfrutan.

Para un visitante extranjero puede parecer un detalle menor. No lo es. Quien conoció El Salvador en otros tiempos, comprende inmediatamente lo que significa y el valor que tiene ver a las personas caminar sin prisa, detenerse, conversar o simplemente disfrutar del espacio público.

Y es entonces precisamente por eso, que es fácil comprender que la verdadera transformación no esta únicamente en los edificios restaurados, sino en la forma en que los ciudadanos se han apropiado de su ciudad.

¿Se dan cuenta del extraordinario cambio de mentalidad? Durante años, millones de salvadoreños organizaron su vida en función del riesgo. Hoy pueden hacerlo en función de sus deseos, sus proyectos y su tiempo libre.

Los horarios comerciales se amplían, ya no hay rejas por donde intercambian el articulo al ser comprados. Los espacios culturales reciben actividad constante. Los hoteles atraen nuevos perfiles de viajeros.

La directora Adriana Larín conoce esa transformación mejor que casi nadie. Ella dirige la Autoridad del Centro Histórico. Yo le dije que ejerce también como guardiana de la memoria urbana, protegiendo la memoria de San Salvador, conservando su patrimonio y ayudando a construir un legado que las futuras generaciones puedan conocer, disfrutar y comprender.

Sin duda la revitalización del Centro Histórico conlleva un proceso que va mucho más allá de restaurar fachadas.

Mientras la directora Larin, hojeaba un ejemplar de mi libro, que acababa de regalarle, se detuvo en una frase que llamó especialmente su atención:

“Me dijeron que en El Salvador se llora dos veces cuando vienes a vivir aquí si eres extranjero: el día que llegas y el día que te vas.”

Sonrió.

Y es que quienes observan El Salvador únicamente a través de estadísticas, titulares rápidos o fotografías efímeras de redes sociales difícilmente pueden comprender la dimensión emocional que este país despierta en muchas personas.

Aprovecho para agradecer el magnífico recorrido y el tiempo que me dedicó, por todo lo que aprendí y que hoy comparto con ustedes.

La Biblioteca Nacional de El Salvador, la impresionante BINAES

Confieso que arquitectónicamente su tamaño y modernidad resultan impactantes incluso para un visitante europeo acostumbrado a grandes espacios culturales.

Pero hubo algo que me interesó mucho más.

Descubrir que algunos de los espacios lúdicos, videojuegos y actividades recreativas incorporan una condición previa: dedicar tiempo a la lectura para acceder a ellos.

Aquella pequeña norma me pareció profundamente inteligente.

Se trata de fomentar hábitos culturales y convertir la lectura en una puerta de acceso a nuevas experiencias.

La biblioteca, que permanece abierta las veinticuatro horas del día, provocó en mí una pregunta inevitable:

¿Quiénes utilizan estas instalaciones durante la noche y la madrugada?

La respuesta fue reveladora.

Estudiantes, en su mayoría, de medicina e ingeniería que encuentran allí un espacio seguro, cómodo y preparado para largas jornadas de estudio.

Mientras recorria las salas, comprendí que estaba viendo algo más que una biblioteca.

Estaba viendo una apuesta cultural. Una inversión en conocimiento.

Confieso que me sentí fascinada. No solo por la arquitectura o la tecnología, sino porque tuve la sensación de estar contemplando la apuesta decidida por los buenos hábitos; estudio, lectura, conocimiento, cultura..,  en un país, que durante demasiado tiempo tuvo otro tipo de urgencias, todas relacionadas con la violencia y su impunidad, que lo impedía todo.

En este punto he de decir que me siento especialmente honrada y profundamente afortunada de haber podido dejar cinco ejemplares de Crónicas de El Salvador. El país que se atrevió a renacer en sus instalaciones.

El Teatro Nacional

Sus salones restaurados, la elegancia de su arquitectura y la belleza de sus espacios, te trasladan a la importancia que la cultura tuvo históricamente en la vida de la capital, San Salvador.

Y descubrí algo más interesante que el bello interior del edificio.

El teatro está vivo.

Exposiciones, ballet, actividades artísticas..,  una programación constante llena hoy espacios que han sido restaurados para disfrutar de lo artístico mientras se contempla la belleza del propio edificio.

Sentada  en las butacas de espectador, levante la vista hacia la gran cúpula del Teatro Nacional y descubrí, una de las obras más impresionantes del maestro salvadoreño Carlos Cañas. Su mural, El mestizaje cultural, realizado en 1977 y extendido sobre más de doscientos metros cuadrados, domina la sala principal y constituye una de las piezas más emblemáticas del patrimonio artístico salvadoreño.

Durante unos minutos olvidé que estaba realizando una visita guiada y me quedé simplemente observando la cúpula.

Hay obras que obligan a levantar la vista y guardar silencio y aquella era una de ellas.

Antes de entrar al teatro, mientras descubría cómo la ciudad recupera sus calles, y a pocos metros de donde estaba sentada, durante las obras de recuperación del Centro Historico, aparecieron mosaicos vinculados al mismo nombre, Carlos Cañas. Me parecio una metáfora perfecta.

Mientras la ciudad recuperaba sus calles, también recuperaba fragmentos olvidados de su memoria cultural.

Siguiendo el recorrido por el Teatro Nacional, disfrute también una exposición tan entrañable como sugerente; La dulce poesía del ballet, del artista salvadoreño Rolando Chicas. Una serie de animales antropomorfizados inspirados en el universo del ballet y la fantasía. Los personajes que más llamaron mi atención en las obras fueron los conejos, por su capacidad de resultar entrañables para los niños y, al mismo tiempo, sugerentes para el público adulto

El Teatro Nacional, en esos días, además anunciaban la inminente presentación de ballet con compañías de El Salvador y Kosovo.

La vida cultural y artística esta en pleno auge en El Salvador.

El Palacio Nacional

¡Cuánto disfruté durante el recorrido!

Más allá de su extraordinario estado de conservación, me impresionó la decisión de hacerlo accesible a ciudadanos y visitantes. Muchos edificios históricos en distintos países terminan convertidos en espacios distantes, admirados desde el exterior pero desconectados de la vida cotidiana. Aquí ocurre lo contrario. El Palacio vuelve a formar parte de los salvadoreños.

Inaugurado en 1911, fue durante gran parte del siglo XX la sede de los tres poderes del Estado salvadoreño. Entre sus muros se tomaron decisiones que marcaron la evolución política del país y hoy funciona como museo y espacio cultural abierto al público.

Recorrer sus salones es recorrer parte de la historia de El Salvador.

Cada estancia explica una época distinta y conserva cuatro salones emblemáticos —el Rojo, el Azul, el Amarillo y el Rosado— que en su momento estuvieron vinculados a los distintos órganos del Estado. El Salón Azul, por ejemplo, acogió durante años las sesiones de la Asamblea Legislativa, mientras que el Amarillo estuvo asociado a la Presidencia de la República.

Techos ornamentados, pisos con diseños diferentes en cada estancia, decoración mural, escalinatas y espacios que revelan una época en la que la arquitectura pública aspiraba también a transmitir prestigio, identidad y permanencia. El edificio constituye una de las joyas patrimoniales más importantes de El Salvador, y su valor reside además de en su belleza, en la importancia de saber, que caminar por sus espacios, es caminar por donde se desarrolló una parte fundamental de la construcción del Estado moderno salvadoreño.

El Palacio Nacional me pareció un ejemplo de cómo la conservación puede ir acompañada de divulgación. Lejos de permanecer anclado en el pasado, sus salones continúan acogiendo acontecimientos vinculados al presente y al futuro. Apenas una semana antes de mi visita habían recibido el SovAI Summit 2026, una cumbre internacional dedicada a la inteligencia artificial soberana que reunió en pleno corazón histórico de San Salvador a empresarios tecnológicos, investigadores e innovadores de distintos países.

Hotel CARDEDEU

El recorrido incluyo el Hotel Cardedeu, uno de los proyectos más recientes incorporados al Centro Histórico. Un hermoso hotel, que me pareció un espacio donde patrimonio y hospitalidad conviven de forma natural. Sus interiores cuidadosamente diseñados, las obras que acompañan el recorrido y una magnífica terraza con vistas sobre la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional y la BINAES ofrecen una perspectiva privilegiada de una ciudad que vuelve a mirar hacia su centro.

Arte, diseño, gastronomía y terrazas con vistas privilegiadas, crean una atmósfera sofisticada que invita a quedarse incluso sin ser huésped.

Permanecí varios minutos observando el paisaje urbano desde la terraza. Desde allí podía contemplarse buena parte de los lugares que habíamos recorrido y pensé que la transformación del Centro Histórico no era una promesa, era un hecho, lo tenía delante de mis ojos porque, el verdadero éxito de una transformación se mide por la forma en que las personas vuelven a utilizarlas.

La recuperación del Centro Histórico no termina en la restauración de los edificios, comienza cuando los ciudadanos vuelven a habitarlos, y yo tenía la sensación de precisamente estar observando eso.

Una sociedad que empieza a reencontrarse con su propia historia y la disfruta, están en plena nueva etapa artística, cultural e intelectual.

Conocí un nuevo Centro Histórico de El Salvador y una nueva forma de vivir.