Escribo estas líneas desde París, la ciudad donde resido actualmente, pero con el pulso todavía vibrando por mi reciente regreso a El Salvador. Viví en El Salvador durante los años 90, en plena posguerra, y he vuelto en 2025 para encontrarme con un renacimiento que desafía cualquier lógica previa. Como alguien que camina las calles de París a diario y que ha recorrido las de San Salvador apenas hace unos meses, me siento en la responsabilidad de ser una voz veraz ante una realidad que las cifras oficiales ya no pueden ocultar. El Salvador ha decidido renacer, y lo ha hecho superando en indicadores críticos a buena parte de la vieja Europa.
A 19 de enero de 2026, esta comparativa no es una especulación ni un ejercicio ideológico; es una verdad técnica y humana que he podido contrastar de primera mano. Para entender por qué hoy El Salvador es oficialmente más seguro que Francia, es necesario observar tres pilares fundamentales que definen esta transformación.
El territorio recuperado frente al hurto cotidiano
En París, la inseguridad es una presencia constante. Los hurtos en el metro, los robos en zonas turísticas y la delincuencia de proximidad forman parte del paisaje urbano que el Ministerio del Interior francés (SSMSI) documenta con creciente preocupación año tras año.
En El Salvador, en cambio, lo que he presenciado es la disolución de un sistema de terror estructural. Mientras Francia lucha por contener una criminalidad fragmentada pero persistente, El Salvador cerró 2025 con una tasa de homicidios de 1.3 por cada 100,000 habitantes, una de las más bajas del continente americano.
El 88% de los salvadoreños afirma sentirse seguro al caminar de noche, y me incluyo plenamente en esa percepción tras recorrer las calles y zonas que jamás, durante mis años allí viviendo, me lo hubiera ni planteado, es decir, zonas durante décadas inaccesibles. Esta confianza ciudadana supera hoy la tranquilidad que se puede experimentar en numerosas zonas de París o Marsella, donde lastimosamente, el miedo cotidiano se ha normalizado.
Paz social frente a la amenaza terrorista
Hoy, yo resido en París, y reconozco habitual el sonido de las sirenas, los controles armados y el estado de alerta permanente. La operación Sentinelle activada bajo el plan antiterrorista Vigipirate y, el riesgo elevado de atentados, suelen mantener al país en una tensión latente que forma parte de la vida diaria.
El Salvador, por el contrario, no solo ha desmantelado las pandillas en apenas seis años, han recuperado el control territorial criminal. Hoy, el país no figura en los principales mapas de riesgo terrorista global.
Para quien conoce ambos mundos, el contraste es evidente, el orden público y la previsibilidad de la vida cotidiana son ahora más sólidos en el llamado Pulgarcito de América que en la capital francesa, frecuentemente sacudida por protestas violentas, tensiones sociales y amenazas externas.
El veredicto internacional, Nivel 1 frente a Nivel 2
La prueba definitiva de esta transformación se hace patente y pública, cuando a inicios de 2026, el Departamento de Estado de Estados Unidos mantiene a El Salvador en el Nivel 1 de sus Travel Advisories, la categoría de viaje más segura posible, recomendando ejercer únicamente precauciones normales.
Francia, en contraste, permanece en el Nivel 2, que aconseja incrementar la precaución debido al riesgo de terrorismo y disturbios civiles. Es una paradoja que vivo a diario: para la comunidad internacional, el riesgo de sufrir un evento violento es hoy oficialmente menor en El Salvador que en el corazón de Europa.
Esto se puede verificar en las siguientes fuentes:
Este análisis no es solo una recopilación de datos comparativos, es una crónica personal y verificable de un renacimiento que he visto con mis propios ojos, y que desde la distancia de París, mi lugar de residencia, la transformación en El Salvador cobra aún más fuerza y claridad.
El Salvador ya no se explica únicamente con estadísticas, se entiende al caminar sus calles, al escuchar a su gente y al percibir una paz cotidiana que, paradójicamente, hoy escasea en muchos rincones de Europa.