¿Por Qué en El Salvador se celebra lo cotidiano?

Belen de Leon

06/02/2026

Cronista y editora en SV360. Gracias a su vinculo continuo con El Salvador desde la posguerra, aprovecha su experiencia para ofrecer al lector europeo una visión y comprensión profunda de la realidad, y la dimensión de la transformación que vive hoy la sociedad salvadoreña.

En El Salvador, hoy, lo extraordinario es lo cotidiano.

Caminar, bien entrada la noche.
Subir a un autobús con el teléfono en la mano.
Ver cómo se rehabilita una calle, cómo se inaugura una escuela, cómo un niño pedalea en su bici sin mirar atrás.

En otros países estos gestos pasan desapercibidos, aunque ya en algunos lugares de Europa, la delincuencia nos hace ser más cuidadosos y estar más alerta, lo que hace que el contraste con El Salvador sea aun más significativo. Allí, lo sencillo, se celebra. Y no por exceso de entusiasmo, sino porque durante décadas no existió la posibilidad de hacer ciertas cosas que en muchos casos, ya son tan habituales para nosotros, que nos resultan casi invisibles.
Por lo tanto, en El Salvador, cada uno de esos actos se ha convertido en un hito para la mayoría de la población, pues les confirma, que están en plena transición de un Estado fallido, a una nación que vuelve a ejercer soberanía, control y futuro.

Del terror a la esperanza

Cuando viví en El Salvador eran los años posteriores a la guerra. Lo visité una década después y recién este año pasado. Por lo tanto, puedo contrastar y ajustarme a la verdad de que lo que ocurre hoy, no admite comparación en la historia reciente de la región.

Ni de lejos es una campaña de marketing ni una narrativa construida desde el poder. Es una reconfiguración profunda en la sociedad, y eso se ve en el comportamiento colectivo de sus ciudadanos. Quienes conocimos y habitamos el país durante los años en los que a nadie se le ocurría ir para descubrirlo, lo vemos con absoluta claridad. Hoy todos los salvadoreños de bien, viven libres de una violencia que les acechaba diariamente; desde el conductor de autobús, el profesor de escuelita en una zona rural, hasta la pupusera de Mejicanos, todos son conscientes de que por fin habitan su propio territorio sin miedo.

Por esa razón celebran. Porque durante años les fue imposible reconstruir su nación y, han pasado de una parálisis inducida por el terror de las pandillas —y su red de extorsión enquistada en las instituciones— a una reapropiación vibrante del espacio público.

Para cualquier país europeo, pavimentar una calle secundaria o entregar computadoras en una escuela en la fecha prevista, es una gestión administrativa rutinaria, sin embargo en El Salvador, es motivo de júbilo nacional. No es para menos.

La seguridad como cimiento innegociable

Si analizamos los datos, la conclusión es clara: la seguridad pública esta siendo el eje gravitacional de toda esta transformación.

El Plan Control Territorial y el posterior Régimen de Excepción, devolvieron al Estado lo que se había perdido: el monopolio legítimo de la fuerza y la capacidad real de gobernar su territorio.

En cifras frías, pasar de 106 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2015 a una tasa proyectada por debajo de 2 en 2026, constituye una transformación sin precedentes en la historia reciente de El Salvador, algo que apenas hace ocho años era impensable.

Y yo, que me suelo alejar de las cifras frías por el contacto estrecho que tengo con el país, he de decir que esta victoria tiene rostros: ciudadanos que hoy pueden transitar libremente, trasladarse de un barrio a otro sin temor a ser interceptados por pandilleros criminales. Que son conscientes de que han logrado la eliminación de las “fronteras invisibles”, y pueden tomar un autobús a medianoche rumbo a la costa sin temor a un asalto, un secuestro o un asesinato. Que han descubierto por primera vez muchos padres, lo que es la tranquilidad de que tu hija, va a llegar a casa desde la escuela sin que la rapte una mara o corra riesgo su vida.

Son personas que trabajan, aman y construyen, y aunque algunos medios y organismos los convierten en estadísticas, ellos saben bien lo que aun cargan en su memoria, una violencia directa vivida durante gran parte de sus vidas, y a la que están decididos a no volver jamás.

La percepción ciudadana respalda el rumbo del país, a 5 de febrero 2026
Encuesta LPG Datos de La Prensa Grafica

CECOT, el punto de no retorno

La creación del Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), ha marcado un antes y un después en la estrategia de seguridad del Estado. Esta decisión, ha brindado la posibilidad de vivir de un modo radicalmente distinto, y que la mayoría, lo celebra día a día.

Diseñado el CECOT con objetivos claros como; cortar de raíz las órdenes criminales de los lideres encarcelados que siguieron operando actos criminales impunemente y, la rigurosidad del modelo y las condiciones de reclusión, han generado, y generan, debates intensos en foros internacionales y organismos de derechos humanos.
El punto candente: seguridad frente a garantías individuales.

Sin embargo, para una amplia mayoría de salvadoreños, el CECOT representa, después de haber vivido bajo el control de las pandillas que, suspendieron de facto, sus derechos fundamentales como son: la vida, la libre circulación y la propiedad, una prisión de alta seguridad que incapacita y ejerce de contención de asesinos.

Han decidido priorizar el fin efectivo de la violencia y su ruptura definitiva de poder, y esto, es lo que les resuelve, en gran medida, sus posibles dilemas éticos.

Vale la pena reflexionar sobre la creación del CECOT con algo más de profundidad, pues no es un capricho de Estado, sino más bien, la respuesta inevitable a la violencia ejercida que imponían un modo de vida, restricciones y miedo, y que hoy, empieza la población a sentir que superan. Comparto esta realidad sin buscar justificar todas las decisiones, sino para mostrar la cara de un país que no tuvo un abanico de elecciones. ¿Qué no eligieron el camino perfecto? plantéense sino era el único posible para sobrevivir. Frente a su situación limite,. ¿Qué camino perfecto puede haber?

También me parece importante señalar, que no es que los salvadoreños desconozcan los Derechos Humanos, por supuesto que lo hacen, porque por 30 años, fueron justamente quienes no los tenían ni tampoco ningún poder de decisión, por eso muy posiblemente, la mayoría de los salvadoreños de bien, los que no temen ser detenidos, no se sienten incómodos ni amenazados con el régimen de excepción.

Recuperando el corazón de la ciudad

Pero volviendo a la calle, de las cosas más impactantes que vi, fue la emoción que supone la revitalización del Centro Histórico de San Salvador.

Dramatic statue of Gerardo Barrios in San Salvador with modern architecture backdrop.
Photo by Fabrizzio Portillo on Pexels

Calles como la Rubén Darío, durante años ocultas por ventas informales y asociadas a un mapa de riesgos constante, hoy reaparecen como lo que un día fueron y por tanto tiempo se descuidó: patrimonio urbano y cultural del que se puede disfrutar.

Parecerá un detalle nimio, pero el adoquinado nuevo, el cableado subterráneo, las fachadas recuperadas que el tiempo habían sepultado, las farolas y focos iluminando fachadas, calles y paseos, todo ello, y podría seguir, el ciudadano lo percibe como un mensaje de respeto del gobierno al pueblo.

Mi memoria, que quedó anclada en aquel Centro de San Salvador peligroso, al que jamás me planteé ir, lo he paseado encontrándome con un espacio vivo, alegre, donde la gente camina sin prisa, te puedes sentar en un banco o hacerte fotos sin miedo a dejar el bolso a un metro de ti.

Todo el mundo se toma con calma su tiempo, degustan su pan, su dulce o su delicioso café salvadoreño. Mientras, los niños pedalean como niños, alguno a pleno grito, como si todos los días fueran una fiesta. Definitivamente uno comprende de manera inmediata al ver esto, que algo profundo ha cambiado, y eso es incontestable.

Celebrando lo ordinario

Hoy existe en El Salvador algo que he llamado, patriotismo de lo cotidiano.
No es solo amor a la bandera. Es la alegría de que pueden comprobar que lo público les funciona en contraste con años de abandono.

La inauguración de un puente en una zona olvidada se vive como una fiesta patronal porque significa el fin del aislamiento, la llegada del Estado y la desaparición del miedo que antes lo dominaba todo.

Para mí, es un reto narrar esta transformación con equilibrio, pues celebro los logros sin dejar de observar los desafíos pendientes. Ahora, nadie me va a discutir que este gobierno va lento. En 6 años ha hecho mucho más, que en 30 años dos partidos, eso lo dice todo.

Aquel país de la posguerra no se parece en nada al que encontré en 2015, y es radicalmente distinto al que recorrí en 2025.
Los datos no mienten, la alegría de la gente, las ganas con la que reciben turistas ávidos en descubrir su país aun sabiendo que hace apenas unos años fue una nación olvidada.

El Salvador sobre todo ha recuperado algo esencial: el derecho a soñar en grande .

No es extraño que todos los días lo celebren, y yo, lo hago con ellos.